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viernes, 5 de febrero de 2016

Encuentro agridulce


Encuentro agridulce

Está bien. Te lo contaré. 
Supongo que primero debería hablarte de Román, ya que fue el primero. Bueno, técnicamente el primero fue Marcel, durante el servicio militar, pero Román fue el primero de quien me enamoré. Nos conocimos jugando al billar. Yo había salido con Julián y su novia. Pero no me lo presentaron ellos. Simplemente apareció y se ofreció a ser mi pareja de billar. Ganamos casi todas las partidas y cada vez que ganábamos, Román me daba un apretón de manos que duraba un poco más de lo natural. Estuve toda la noche pendiente de sus apretones, y, por extensión, de cada uno de sus movimientos. Me gustaba cómo se movía , su voz, pero sobre todo me gustaba cómo me miraba, como si compartiéramos un secreto. Y a lo mejor lo hacíamos.
La velada tocaba a su fin. Julián y Adela se despidieron y yo me quedé a hacer la última cerveza con Román. Jugamos otra partida, esta vez como oponentes, y creo que la verdadera seducción comenzó ahí, aunque no podía estar seguro de no estar imaginándomelo todo. Pero la última partida se convirtió en otras diez, y el bar tenía que cerrar y nos echaron sin muchos miramientos, y lo acompañé a su coche con la esperanza de conseguir su teléfono y casi sin saber cómo conseguí mucho más que eso.
Condujo hasta la playa y aparcó en una zona alejada de farolas. La excusa era que queríamos acabar nuestra interesante conversación, la realidad, que nos atraíamos mutuamente con una intensidad abrumadora. Hablamos durante horas, desnudando el alma como sólo lo haríamos con un gran amigo de la infancia.
Román propuso, en cierto momento, que pasáramos atrás para estar más cómodos.
Al rato, mi cabeza descansaba en su pierna y sus manos acariciaban mi cabello.
Sorprendentemente, aquella primera noche no pasamos de ahí. No hubo besos, ni más contacto que sus manos jugando con mi pelo. Pero al despedirnos al amanecer, ambos sabíamos que volveríamos a vernos y que la próxima vez no seríamos capaces de soportar tan bien nuestra mutua cercanía.
La segunda cita con Román fue al día siguiente, después del trabajo. De aquella, yo trabajaba de ayudante de instalador de aire acondicionado. A las cuatro de la tarde ya estaba libre.
Román era dueño de una sucursal de una sonada fábrica de zapatos, y según me había dicho podía irse a la hora que le diera la gana. Habíamos quedado en el mismo bar en el que nos habíamos conocido horas antes.
Cuando me presenté, Román me esperaba en la puerta.
–¿No vamos a entrar? –pregunté, tímido de pronto, sin decidirme a darle ni un apretón de manos.
–Nos vamos a mi casa.
–Buena idea.
–A dormir.
–¿A dormir?
–Anoche no lo hicimos, y la gente se muere antes de sueño que de hambre.
–A dormir...
–Y no quiero morirme ahora que te he conocido.
Diciéndome cosas así, ¿cómo iba a negarme a que me llevara donde quisiera?
Montamos en su automóvil. Me pasé el trayecto poniendo y quitando sus cedés. No me gustaba nada de lo que llevaba en el coche. Seguro que si acabábamos liados tendríamos problemas con la música en los viajes.
Estaba histérico. Intentaba recuperar la confianza en mi mismo de la noche anterior y el vínculo que se había forjado entre nosotros tan aprisa y que me hacía sentir que conocía a Román desde hacía años, pero me dolía el estómago de puros nervios y conforme pasaban los minutos sin llegar a ningún destino me iba poniendo peor.
–¿Estás nervioso? –preguntó, poniéndome la mano libre en la rodilla. El contacto me hizo sentir un escalofrío.
–Quizá deberíamos dejarlo –dije, sorprendido de que aquello saliera de mi boca.
–¿Quieres que te lleve a tu casa?
–No lo sé.
Román apartó la vista de la carretera un momento para estudiarme. Después sonrió y me di cuenta de que era ciertamente hermoso. Eso me puso aún más nervioso.
–¿Sabes lo que te pasa? –dijo.
–¿Qué me pasa?
–Que estás muerto de sueño.
–No es cierto.
–Ya verás como se te pasa el mal rato después de unas horas en mi cama.
Quise decir que estaba tan excitado por haberlo conocido que no creía que pudiera dormir en una semana (ni que lo necesitara), pero la imagen que acababa de ofrecerme Román me había dejado sin palabras. 
Unas horas en su cama... ¿De verdad pensaba que íbamos a dormir?
Román me enseñó el piso rápidamente y luego me empujó sobre su cama.
–Ahora viene el momento en que me violas sin compasión –dije, esperanzado.
–Ahora viene el momento en que te quitas los zapatos y te echas un par de horas. O unas siete –repuso.
–¿Tú que vas a hacer?
Por toda respuesta se quitó también los zapatos y se metió conmigo en la cama.
Dormimos vestidos pero abrazados y creo que tardé menos de un minuto en quedarme sobao.
Me desperté antes que él. Me levanté sin hacer ruido, cogí mi móvil de la mesita de noche y pasé al baño. Miré la hora. Eran las tres de la madrugada. Encontré su dentífrico y me lavé los dientes con un dedo. Después volví a la cama y empecé a besarle la barba y la comisura de los labios hasta que lo desperté.
–¿Qué haces? –preguntó.
–Adivina.
Mientras lo besaba le desabotoné la camisa. De pronto sus manos agarraron las mías, impidiéndome seguir. Intenté zafarme pero hasta que no me di por vencido no me soltó.
Nos quedamos los dos mirando al techo, con la única iluminación de la bombilla del baño, que yo había dejado encendida. La luz se colaba por la puerta entornada. Al cabo de un rato que se me hizo eterno, Román dijo:
–No puedes hacerlo.
No entendí a qué se refería. Era él quien me había parado los pies. Era él quien tenía un problema con aquello.
–No puedes hacerlo tú –contesté, molesto.
–No puedes quitarme la ropa –aclaró. Claro que aquello no aclaraba nada.
–¿Por qué no?
–Porque no.
Me quedé allí tirado, intentando imaginar un escenario que diera significado a aquello. ¿Acaso se había quemado el pecho de niño y no quería que viera la piel mal cicatrizada? No se me ocurría nada más. A no ser que se tratara de un juego sexual, cosa que había descartado por el tono de su voz.
Dado que mi avance había sido rechazado a la primera de cambio, comprenderás que no pensaba ser el que se arriesgara a hacer el siguiente movimiento.
Román tampoco lo hizo y al poco volvimos a quedarnos dormidos. O al menos yo lo hice.
No sé cuanto tiempo pasó pero me desperté con su falo en mi nariz. Román seguía con la ropa puesta pero se había sacado la polla por la cremallera abierta del pantalón y me la estaba paseando por la cara.
–Chúpamela –ordenó al ver que me había despertado. –Cómemela como un puto cerdo.
Estaba de rodillas en la cama, de hecho me estaba aplastando el brazo derecho con la rodilla, pero en lugar de quejarme me metí su rabo en la boca contento de que hubiera cambiado de opinión.
Su polla tenía un sabor fuerte, como si no se hubiera duchado en cuatro días, pero con un nabo de ese calibre en mi boca no me pareció el momento de ponerme remilgado. Comencé a mamar como me había pedido, como un verdadero cerdo, atragantándome con un mástil que no había esperado tan grande. Román me miraba con verdadera lujuria. Se la comí con ansia, llenándome los morros de carne, metiéndomela y sacándomela continuamente de entre los labios, dejándosela completamente empapada, chupándole los huevos de vez en cuando, cuando veía que su respiración se aceleraba y temía que se corriese tan pronto. A veces Román me empujaba la cabeza contra su vara y me obligaba a tragarme su falo hasta el fondo. Entonces yo aspiraba profundamente y me deleitaba con el olor a macho y a guarro de sus genitales y la placentera sensación de saberme brutalmente empalado por ese hombre.
–Vamos, chupa, cabrón –dijo en determinado momento, y aquello pudo conmigo.
Así que me saqué la polla y empecé a hacerme un pajote brutal mientras seguía mamando a dos carrillos. Román, sorprendido de que aquello me hubiera excitado tanto, empezó a susurrar guarrerías mientras guiaba con las dos manos el movimiento de mi cabeza.
–Traga, traga polla. Ya veo que te gusta. Oh, sí, ya lo creo que te gusta. Eres un mamón de primera. Te voy a llenar esa puta boca de lefa. Uf. Qué bueno.
Me ensartaba la cabeza con su verga sin ningún tipo de escrúpulo. La saliva empezaba a derramarse por sus cojones.
–Te voy a romper la garganta a base de pollazos. No vas a poder hablar en una semana.
Y embestía, y yo me pajeaba fuera de mí y me atragantaba, muerto de placer.
–Me voy a correr. Te voy a ahogar con mi lefa. Y vas a tragártelo todo.
Asentí, recibiendo más polla y acercándome peligrosamente al orgasmo.
–Chupa, chupa. Oh, cómo tragas. Eres una verdadera puta. Dios, qué bueno. Qué boca.
Cada vez arremetía más duro, más rápido, más profundo. Estaba a punto de correrse. Yo disparé el primer trallazo de esperma sobre la cama, incapaz de controlarme más.
Mientras me corría escuchaba su voz, que subía de intensidad.
–Sí, síííí. Traga polla. Sigue. Sigue. Me voy a correr. ¿Quieres mi leche? Te voy a llenar la boca entera de lefa. Traga. Traga. Me corro. Me corro. Me corroooooo.
Tal y como había prometido empezó a descargarme una corrida monumental entre los labios. Su semen caliente salía a borbotones, y él seguía follándome la boca como un buen hijo de puta. Empecé a tragar lefa porque tenía la boca bien llena y aquel surtidor no tenía visos de parar.
–Oh, sí,, Oh, síííííí. Qué grande. Qué grande. Uffff. Eres... Eres grande...
Román me sacó la polla de la boca cuando ya había perdido del todo la erección y se tumbó a mi lado, totalmente agotado.
Permanecimos en silencio algunos minutos. Yo estaba como en el cielo. Había sido un primer encuentro perfecto. Ya ni me acordaba de lo que había pasado antes de aquella espectacular lechada. Era, por un instante, alguien absoluta y absurdamente feliz.
Al rato me di cuenta de que Román estaba murmurando algo, como una letanía. Me pregunté si se habría quedado dormido y si acaso hablaba en sueños. Me incorporé sobre un codo y lo miré. Estaba despierto. Sus ojos permanecían abiertos y clavados en el techo. Su boca se movía.
Cuando al fin escuché lo que Román estaba diciendo quise morirme allí mismo. Porque lo que Román repetía incansablemente, como un mantra o una oración, era algo que no olvidaría en toda mi vida:
" Qué asco, qué asco, qué asco..."
Norton y John

–Ya no sé qué más decirte. John. En serio. No sé cómo ayudarte. Mientras Günter, su psiquiatra, le decía esto, John se quitaba la camisa.
–Quieres superar esto y que tu vida vuelva a funcionar. Salvar tu matrimonio y ocuparte debidamente de tu hijo, pero pones muy poco de tu parte.
John hizo una mueca de “qué se le va ha hacer”, mientras terminaba de quitarse la ropa, se levantaba del diván y pegaba su miembro erecto a la cara del doctor.
–Ya sólo se me ocurre lo de la castración química, pero sabes que soy completamente reacio a hacerte eso. Además, si supieras...
–Calla y traga, cabrón.
Ante la insistencia de John, su psiquiatra acabó por meterse todo el vergajo en la boca, no sin antes decir:
–Esto está mal, John. Esto está muy mal. ...
Salió de la consulta de Günter con el tiempo justo de coger un taxi y llegar al trabajo una hora tarde, lo cual no le preocupaba porque la empresa era suya. En los diez minutos que duró el trayecto consiguió convencer al taxista de que se sacara la polla mientras conducía para poder grabar un video que colgaría en xtube. Prometió al taxista que no le sacaría la cara. Mintió.
En el ascensor le metió mano a un cliente negro, que en la planta dos le estaba gritando que le iba a poner una demanda y en la planta dieciocho tenía tres dedos dentro del culo y se restregaba contra la mano de John mientras le babeaba la boca.
En la planta en la que estaba ubicada la empresa de John (que había empezado siendo un bufete de abogados y ahora se dedicaba a descubrir nuevos talentos masculinos para la industria pornográfica) sólo trabajaban hombres. John había despedido a todas las mujeres cuando su problema se agravó, hacía cosa de tres años. Tenía cerca de cien empleados, aunque para funcionar debidamente le hubieran bastado quince o veinte, y se follaba religiosamente a cinco cada día, aunque cambiaba el orden y la cantidad de participantes en cada polvo para no aburrirse. A veces hacía algo especial y congregaba a treinta o cuarenta en su despacho. Le bastaba hacerlo una vez al mes, aunque sus necesidades iban en aumento, y puede que en medio año necesitara hacerlo cada día. Pero no le preocupaba en absoluto.
Fue saludando a sus empleados mientras caminaba hacia el despacho. En el contrato se especificaba que el sexo con el jefe era obligatorio. Si alguno se negaba era inmediatamente despedido. De todas formas tenía mucho cuidado al escoger a sus empleados y pocas veces tenía que despedir a alguien, a no ser, claro, que se aburriera de ellos. Entonces los echaba sin contemplaciones. Y luego estaba aquella vez en que uno de sus hombres se negó a que le metieran el puño por el culo. Pero afortunadamente el maromo cambió de opinión con un simple aumento.
Cuando estaba a punto de llegar al despacho se fijó en un secretario
que no conocía. Era jovencito, veinte años a lo sumo. Imberbe, rubio y tímido.
–¡Hola! ¿Cómo te llamas?
–Mike, señor.
–¿Le has comido alguna vez la polla a alguno de tus jefes en la oficina, delante de todos tus compañeros?
–No, señor.
John se subió de un salto encima de la mesa del secretario y se sacó el manubrio. Cogió la cabeza del chico nuevo y dijo:
–Empieza. Y no pares hasta que me corra.
El chico obedeció mientras el resto de la oficina dejaba lo que estaba haciendo para observar la escena.
Cuando John comprobó que el chico tenía buena cabida empezó a follarle la boca salvajemente. El rubito engullía que daba gusto. A veces se atragantaba un poco y John lo solucionaba metiéndole más polla, hasta que le golpeaba la barbilla con los huevos, y si el rubio se quejaba John le cogía la cabeza y se la empujaba contra su verga con todas sus fuerzas unos segundos, hincándole la polla hasta la traquea, hasta que el otro decidía portarse bien.
John se aburrió del chico mucho antes de correrse, así que le ordenó que se pusiera a cuatro patas sobre la mesa y llamó a su mejor lameculos para que le hiciera al rubito una comida que no olvidara en su vida. Después se metió en su despacho, con paredes de cristal, y observó como el rubito se retorcía de placer mientras le lamían el ojete al tiempo que unos cuantos de sus empleados se hacían unos pajotes de escándalo en sus respectivas mesas.
De las diez a las once intentó trabajar un poco, pero no conseguía concentrarse. Así que bajó a la cafetería, en la quinta planta. Se sentó en su mesa predilecta y se puso a ojear el periódico, con una taza de café humeante a su vera. Un desconocido se sentó enfrente sin pedir permiso.
–¿Es usted John Harris?
–Puede. ¿Quién lo pregunta?
–Me llamo Norton, y soy el nuevo jefe de seguridad.
–¿De mi oficina?
–De todo el complejo.
–Me alegro por usted.
–Corren ciertos rumores sobre cosas que ocurren en la planta dieciocho.
–¿Ah, sí?
–Me preguntaba qué hay de cierto en esos rumores.
–Quizá convenga que vayamos a hablar a otro sitio.
John lo llevó al baño de hombres de la cafetería y cuanto cerraron la puerta lo agarró por las solapas y le metió la lengua hasta la garganta. El otro, sorprendido, tardó sólo un momento en contestar al morreo. Después de unos minutos de comerse las bocas con verdadero fuego en el cuerpo, John se separó, le recompuso un poco la ropa a Norton, le arregló la corbata y le dijo:
–Sube a la hora que quieras. Seguro que podremos ofrecerte algo mejor.
Sobre la una de la tarde, Norton, el nuevo jefe de seguridad del complejo, subió a la planta dieciocho y se dio un paseo entre las mesas de los empleados de John Harris. Le pareció que todo el mundo era feliz allí. Después se encaminó al despacho de John y llamó a la puerta.
–Adelante –escuchó.
Al abrir se encontró a John, completamente desnudo, de pie en medio del despacho y con las piernas algo separadas. Detrás de él un hombretón le lamía el agujero del culo y delante, otro tío le estaba haciendo una mamada entregadísimo.
–Ah, Norton. Me alegro de volver a verte. ¿Qué se te ofrece?
–Vengo a por más.
Y tras cerrar la puerta acarició los desatendidos pezones de John mientras le comía la boca. El que se la mamaba a John no tardó nada en bajarle la cremallera a Norton y en meterse su enorme tranca, que empezaba a ponerse como el hierro, entre los labios, mamando ora uno ora al otro.
Cuando Norton y John se cansaron de que les comieran la polla a ratos, arrancaron la ropa a los otros dos, les hicieron apoyarse contra la mesa uno pegado al otro y les dieron por culo mientras ellos dos se comían las bocas y los dos que se estaban follando también lo hacían. Por lo general John solía ser amo y señor, pero este Norton le había gustado y no le importaba compartir un poco el mando. Así que cuando aquellos dos culos se habían acostumbrado a sus trancas les pidieron que salieran del despacho y les trajeran dos más, que estuvieran bien cerrados.
Aquella mañana John y Norton se hartaron de follar.
Por la tarde Norton invitó a John a pegar un polvo en su piso. Antes de entrar por la puerta ya tenían las pollas fuera y se magreaban por todas partes. Follaron en el balcón, en la cama y sobre la encimera de la cocina. Incluso partieron por la mitad la mesa del comedor. Norton quiso correrse en la lengua de John, y John se lo permitió. Se puso de rodillas y sacó bien la lengua y dejó que el otro le descargara en la boca. Esperó a tener toda la leche sobre la lengua antes de relamerse. Norton lo besó, intercambiando fluidos. Luego Norton se tumbó en la alfombra y le ofreció de nuevo su culo para que John volviera a follárselo.
Sobre las siete de la tarde John dijo que tenía que irse. Que su hijo tenía una función escolar y que no podía perdérselo. Mientras Norton le chupaba los cojones alcanzó a decir que él lo llevaría. Así que después de otra corrida doble con mamada, se ducharon, se vistieron y se fueron en el coche de Norton para la escuela del hijo de John.
La función ya había empezado, y además se equivocaron de puerta, por lo que entraron directamente a las bambalinas. Un hombre les cerró el paso.
–Venimos a ver a mi hijo. Está actuando.
Al hombre se le iluminó la cara. Seguramente pensó que Norton y John eran los padres del muchacho. Siempre le agradaba comprobar que todavía había padres valerosos y entregados en la ciudad de Nueva York.
–¿Quién es vuestro hijo?
–Ese que está vestido de pasa de California –dijo John, a quien le hizo gracia que consideraran a Norton también padre del muchacho y no hizo nada por sacar al hombre de su error.
–¡Robert! Es un gran alumno.
–¿Es usted su profesor?
–En efecto.
–¿Puede llamarlo un momento?
El profesor aprovechó un momento en que el niño salía de escena para avisarle de que sus padres estaban allí. John le dijo hola al crío, que se alegró mucho de verlo. Su psiquiatra no tenía razón. Soy perfectamente capaz de encauzar mi vida, pensó John, satisfecho con su día.
Entonces Norton, el nuevo jefe de seguridad del complejo donde estaban las oficinas de John Harris, se dirigió al profesor, mientras
seguía la función escolar.
–Es usted muy atractivo.
–Gracias –contestó el profesor, con una gran sonrisa.
–Me apetece muchísimo besarlo –siguió. –¿Me lo permite?
El profesor, indeciso, miró hacia el escenario, y Norton añadió:
–Seguro que hay por ahí un camerino vacío.
El profesor los cogió de las manos y los llevó a un camerino, y al cerrar la puerta besó a Norton mientras John se encargaba de quitarle la chaqueta para que estuviese más cómodo. Mientras Norton seguía besándolo dulcemente, John le bajó los pantalones y le metió las manos por debajo de la camisa hasta conseguir llegar a sus tetillas peludas. El profesor se estremeció y besó a Norton con más ímpetu. Los dedos de John recorrieron todo el pecho del profesor. El profesor sintió como el otro padre, el que le estaba acariciando el pecho, le pegaba una erección descomunal en el trasero. Norton le sacó la polla sin dejar de besarlo y empezó a hacerle una paja. El profesor se estremecía entre los dos, muy excitado y todavía sorprendido por la situación.
–Siempre he querido comerme dos pollas a la vez –dijo el profesor. A John le pareció raro que hubiera alguien que no hubiera hecho eso nunca. Pero le dieron el gusto. Norton se sacó el manubrio, hizo que el profesor, que estaba más contento que unas pascuas, se agachara, y le metió el pollón en la boca. Le pidió a John que esperara un poco para que disfrutara más del momento y dejó que el profe se entretuviera un buen rato con su verga. Cuando el profesor empezó a mirar también a John fue el momento de que éste acercara también su miembro. El profe abrió mucho la boca y dejó que las fueran acomodando dentro, al tiempo que empezaba a pajearse, fuera de sí del gusto. Cuando vio que no podía con las dos, empezaron a follarle la boca acompasados para que cuando casi saliera una polla el otro metiera la suya hasta el fondo. Esto pareció agradar al profe que empezó a masturbarse con más ahínco.
–Tenemos que acabar ya, la función está apunto de terminar –dijo el profe en cierto momento. –Correos en mi boca, por favor. Por favor.
Cómo si le hiciera falta pedirlo por favor. Norton y John se la machacaron delante de sus narices mientras el profe les daba lengüetazos en los capullos. Poco después recibía los trallazos de esperma de las dos pollas justo cuando se corría en el suelo.

Pasadas un par de semanas, John llegó a casa a eso de las ocho, después de un duro día de trabajo (se había follado a los cinco nuevos, uno detrás de otro) otra visita a su psiquiatra (Günter se había hecho de rogar pero al final había accedido a hacerle una mamada mientras John le metía cosas por el culo) y haber ido de compras al centro comercial para equipar a su hijo con todas esas gilipolleces que le hacían comprarse para la escuela y algunas gilipolleces más que le apeteció comprarle (incluso esto había supuesto un gasto de energía porque había dejado a su hijo mirando las consolas y se había ido a comerle la polla a un motorista en los baños), y lo que ahora le apetecía era llegar a casa, quitarse la chaqueta y follarse a Norton sobre la mesa, (Norton había dejado de trabajar como jefe de seguridad del complejo donde estaban las oficinas de John para ser su puta a tiempo completo) y por eso le dio tanta rabia comprobar que el polvazo tendría que esperar, ya que había un desconocido en su salón, apuntándole con un arma.
–Ahora vas a saber lo que es bueno, hijo de puta –le dijo el tipo de la pistola, con los ojos fuera de las órbitas.
John lo miró con cierta apatía y luego se puso a recorrer la casa en busca de Norton, habitación por habitación, mientras el tipo de la pistola se quedaba con un palmo de narices.
John encontró a Norton en el dormitorio. Lo habían atado de pies y manos (las manos a la espalda). Estaba desnudo, tendido boca abajo. Llevaba una mordaza en la boca pero sus ojos mostraron alegría al ver a John.
John comprobó que no lo habían lastimado mientras el tipo de la pistola lo observaba, apuntándole con el arma, desde el umbral de la puerta de la habitación. Norton estaba bien. Pero su culo desnudo pedía a gritos que se lo follaran. John se sacó la polla y la colocó, morcillona, en la raja del trasero de Norton, que aunque seguía atado empujó las caderas hacia él para que le rozara el esfínter con su manubrio. El tipo de la pistola se la puso a John en la sien, mientras éste se llevaba una mano a la boca y se llenaba los dedos de abundante saliva.
–¿Es que no te importa que te dispare? ¿Te lo vas a follar igual? –gritó el desconocido armado, fuera de sí.
–Supongo que si quisieras matarme ya lo habrías hecho. Si no me quieres matar y no parece que te apetezca follar, supongo que quieres hablar. A lo mejor crees que tienes algo que decirme. Puedo follarme a Norton mientras te escucho.
El desconocido lo observó de perfil, vio como le esparcía la saliva a Norton por el ojete y como empujaba la polla, ya totalmente erguida, hacia las entrañas del hombretón, que se la tragaron sin ofrecer resistencia. Finalmente, bajó la pistola.
–Veo que no has cambiado –dijo el tipo.
Esto llamó por un momento la atención de John.
–¿Nos conocemos? –preguntó, mientras empujaba con creciente fervor contra el culo de Norton.
–¿Ni siquiera me reconoces? Soy Freddy, tu primer secretario.
–Estás horrible –dijo John, embistiendo.
Norton empezó a gemir: Mmmmm, mmmmm (tenía la boca todavía amordazada).
–¿Cuántos años tienes, Freddy?
–Veinticinco.
–Aparentas cuarenta.
Esto hizo que Freddy se enfureciera y le pusiera otra vez la pistola contra la cabeza. John aprovechó para darle una palmada al culamen de Norton y hacer un movimiento circular de caderas que hizo que Norton gimiera más fuerte: MMMMMM, MMMMMM (seguía con la mordaza).
–Si tengo este aspecto es por tu culpa.
–¿Tú crees? Hace seis años que no nos vemos. No veo como puedo influir en tus hábitos poco saludables. ¡Toma polla!
–Mmmm, mmmm.
–Me convertiste en un adicto al sexo. Me hiciste probar todas aquellas cosas, me llevaste de la mano al infierno de las vergas goteantes, los cuerpos sudorosos y los culos abiertos. Cuando me echaste del trabajo busqué desesperadamente llenar un vacío.
–Así... Tendré que atarte a partir de ahora. Ohhhhh, Dios, qué culo, qué culoooooooo.
–Cada noche me iba a los más sórdidos locales y no volvía a casa hasta que no quedaba nadie a quien hacerle una mamada. Cuando mis padres se dieron cuenta de que las manchas del sofá eran de leche me echaron de casa y tuve que prostituirme una temporada hasta que encontré un viejo millonario que me recompensara por darle por el culo.
–Toma, toma, toma.
–Mmmmm, mmmmm.
–Nunca tenía suficiente. Me han follado hasta ochenta tíos, uno detrás de otro, en un inolvidable fin de semana. Una polla, y otra, y otra. Se me corrían encima y tenía que tragarme toda esa leche, me llenaban la boca con sus cojones y no podía respirar. Era fabuloso...
–¿Qué quieres, Freddy?
–Quiero que me contrates otra vez. Me despediste muy pronto, nunca he trabajado, no sé trabajar, no encuentro trabajo. Mi millonario se murió y se lo dejó todo al caniche. Y sin dinero me veo obligado a llevar estas pintas de pordiosero y una pistola de chocolate.
–Hagamos una cosa. Hoy me he corrido tantas veces que no me queda ni una bala en la recámara. Si consigues que eyacule, te puedo meter de jefe de seguridad en el complejo donde están mis oficinas, tenemos una bacante.
–Pero no valgo para el puesto.
–Norton tampoco valía. Se ha dejado amordazar por un tipo con una pistola de chocolate.
Zaca, zaca.
–Está bien. –Freddy se deshizo de sus harapos, le abrió a John las cachas del culo y empezó a lengüearle mientras éste no dejaba de encular al pobre Norton, que seguía mmm, mmmmmm, amordazado.
Cuando Freddy consideró que ya estaba bien de comerle el culo le endiñó su pollón (una cosa grande y venosa que rezumaba líquido) de un solo golpe. El trasero de John, acostumbrado a estos menesteres, se la tragó entera al primer empujón. Freddy la mantuvo bien apretada, solo se veían los huevos fuera. No tenía que hacer nada porque los movimientos que hacía John para follarse a Norton le servían a Freddy para encularlo. Sin tener que mover un dedo.
Zaca, zaca, zaca. Mmmm, mmm. Zaca, zaca.
Cuando se cansaron de hacer el trenecito Freddy se puso en pie encima de la cama para que John le comiera el transatlántico. John tragó polla mientras no dejaba de follarse a Norton, zaca, zaca, ni por un segundo.
Mmmmm, mmmmm, hacía Norton.
Freddy le quitó la mordaza poco después para que también Norton probara su acorazado Potemkin.
–Si no me haces correrme a mí no hay trabajo –le recordó John. Mientras Freddy le llenaba la boca a Norton con su espada laser echó un vistazo a la entrepierna del antiguo jefe de seguridad y calculó.
–Está bien. Voy a hacer que te corras –desató a Norton y le pidió ayuda. Juntos cogieron a John por la fuerza, lo hicieron recostarse sobre la cama con el culo fuera de la misma y le clavaron ambas pollas, el submarino nuclear de Freddy y el barco de vapor de Norton, a la vez y sin previo aviso. Tuvieron que darle mucho por culo, cosa de veintinueve minutos, antes de que John soltara una esmirriada corrida en el colchón.
–El puesto es tuyo.
–Te has corrido sin tocarte. Quiero un aumento.
–Vale.
Entonces le dieron la vuelta a John y se hicieron sendos pajotes encima de su nariz, corriéndose casi a la vez Norton y Freddy, llenando toda la cara de John de leche espesa y caliente.
Ya en la ducha, John le confesó a Freddy:
–Sabía que la pistola era de chocolate. Hoy he ido al centro comercial y le he comprado una igual a mi hijo.

Pepo

Nos habíamos quedado solos viendo la tele. El novio de mi hermano se había ido a la cama, muerto de sueño después de un duro día de trabajo, visitas de la familia, cena abundante y alcohol. Mi mujer también se había ido a dormir y nuestra madre se había ido con unas amigas al karaoke. Así que estábamos solos, Pepo y yo, viendo la tele en silencio. Pepo tiene veinticinco años y es gay desde que tiene uso de razón. Yo le llevo dos, y soy hetero desde los trece.
–¿Te acuerdas de cuando nos hacíamos pajas en la cama? –le pregunté a Pepo, de improviso.
Mi hermano sonrió. Creo que hasta se puso un poco colorado.
–Había goteras en tu habitación –dijo Pepo. –Sí, aquel espantoso invierno.
–Y nos pusieron a dormir juntos.
–Una semana.
–Y nos hicimos pajas todas las noches.
–Tú a mí y yo a ti.
Guardamos silencio durante un rato. Pero hacía mucho tiempo que quería preguntarle lo que le pregunté a continuación.
–¿Me deseabas?
Pepo me miró a los ojos y asintió con la cabeza.
–¿Y ya habías estado con chicos? –nunca habíamos hablado del pasado. Me animaba ahora porque, de pronto, de unos años a esta parte, hablar de esas cosas con tu hermano homosexual ya no estaba mal visto.
–Había hecho lo mismo que hice contigo con un compañero de clase, pero poco más. Bueno. A él le hice una mamada. Mi primera mamada... Aunque Pepo no lo supiera él había llegado al punto donde quería llegar yo al iniciar nuestra conversación.
–¿Y no te quedaste con ganas de...? Ya sabes...
–¿De hacerte una mamada a ti?
–Eso.
–La verdad es que cuando arreglaron las goteras
me entró depre, pero suplí tu falta con... otras cosas. Y, sí, hubiera dado lo que fuera por poderte hacer una mamada.
Se encogió de hombros.
Seguimos viendo la tele. En cierto momento me estiré para bajar un poco la intensidad de la lámpara halógena. Pepo me miró, divertido.
–¿Quieres crear una atmosfera acorde con la conversación?
–Dime una cosa.
–Dispara.
–Has dicho que supliste mi falta con otras cosas.
–Ajá.
–¿Qué otras cosas?
–Uff, quizá resulte embarazoso.
–No creo.
–Bueno... sabía exactamente dónde guardabas las revistas porno. Dos o tres veces por semana esperabas a que todo el mundo estuviera durmiendo –aquí hizo una pausa y me miró con cierta intensidad, como diciéndome que no había cambiado mucho en todos estos años –y te metías en el cuarto de baño, y ahí te pasabas a veces hasta dos horas dándote caña.
–Sí... –dije, con cierta nostalgia.
–Yo miraba por la cerradura.
–No jodas.
–Cada bendita vez. La cerradura daba justo en el water, a la altura de tu polla. No podía estar mejor medido. Y mientras te masturbabas dentro, yo lo hacía en el pasillo.
–Nunca hiciste ningún ruido.
–No podía arriesgarme a destruir nuestras sesiones. El día más humillante de mi vida fue cuando mamá se levantó y me estuvo observando cosa de cinco minutos antes de encender la luz del pasillo. Me hice un ovillo en el suelo, pillado infraganti, como si así fuera a hacerme invisible a los ojos de mamá.
–No me enteré de eso. ¿Cómo es posible?
–Estarías muy ocupado con tus impulsos onanistas. En fin, mamá me cogió del brazo, me llevó a la cama y me echó una pequeña bronca sobre la privacidad. Luego se fue a dormir y tú apareciste quince minutos después, recién corrido, supongo. Yo juré que jamás volvería a espiarte, pero el impulso era demasiado fuerte, y a la siguiente vez que te oí levantarte y sacar las revistas del doble forro del baúl, ya estaba de nuevo dispuesto a aposentarme tras la puerta.
–Vaya, vaya. Así que te estuviste divirtiendo a mi costa.
–Cosa bárbara.

Fijamos nuestras miradas en el televisor. Yo no sé si pretendía solo mantener una conversación caliente o estaba intentando conscientemente calentar a mi hermano gay, pero en cierto momento dejé caer una mano sobre mis pantalones y me acaricié el miembro un poco. Pepo fingió que no lo había visto.
Recordar aquellos tiempos había despertado el adolescente que todos llevamos dentro, y saber que lo que me proponía estaba prohibido (los dos estábamos comprometidos) y que en la casa estaban nuestras parejas, que podían despertar en cualquier momento, lo hacía más excitante. Aún faltaba que Pepo quisiera morder el anzuelo, cosa que no estaba nada clara. Yo descubrí, por mi parte, que si por mí fuera ocurriría, cuando la verga se me puso tiesa como pocas veces en mi vida. Pepo siguió haciéndose el despistado y yo me repasé todo el vergajo arriba y abajo por encima del pantalón. Pepo miraba obstinadamente hacia el televisor. Quise creer que con el rabillo del ojo seguía mis movimientos pero no podía estar seguro. Así que cogí el mando a distancia y apagué la tele. Pepo me miró entonces a los ojos. Yo le pregunté con la mirada y finalmente él asintió despacio con la cabeza. Pensando que si no actuaba pronto mi hermano podía cambiar de opinión, me abrí los pantalones con premura y me los bajé, acompañados del slip, hasta los tobillos. Mi polla salió a recibirlo totalmente enhiesta. Verme de nuevo desnudo delante de mi hermano me hizo excitar aún más, hasta el punto de creer que sería capaz de correrme sin que Pepo me la hubiese tocado todavía. Pepo se arrimó a mí, pero en lugar de ir directo hacia mi rabo cogió el polo por los costados y me lo sacó por la cabeza, dejándome el pecho al descubierto. Después me acarició los abdominales, las tetillas y los brazos. Se recolocó en el sillón para poder poner su cara contra la mía, y la enterró luego entre mi hombro y mi cuello, aspirando mi aroma.
–Hueles muy bien –susurró.
–Tú también –dije, y para mi sorpresa la voz me salió ronca. La excitación y el ansia por continuar podían conmigo.
Mi hermano me besó el cuello, me chupó el lóbulo de la oreja derecha y me fue repartiendo besos hasta llegar a la comisura de la boca. Ahí se detuvo esperando mi aprobación. Yo nunca había besado a un hombre, pero este hombre era mi hermano y besarlo no solo me parecía lo adecuado, sino que sólo de pensarlo me recorrió como una corriente eléctrica por toda la polla, así que abrí la boca y recibí sus labios primero, probando la suavidad de los míos, y luego su lengua, buscando la mía y enzarzándose ambas en una lucha de placer.
Sentía el latido de mi verga, tan fuerte que me sorprendía que no hiciera hasta ruido. Necesitaba que se la metiera en la boca ya. Pepo viajó hasta mi oído y me dijo:
–¿Quieres que te la coma?
Asentí con la cabeza, porque sabía que la voz no me saldría.
Pepo bajó entonces hasta mi miembro, tan hinchado y palpitante que no lo reconocía como mío. En cuanto lo tocó sentí que la corrida era inminente. No iba a soportar mucho más. Entonces su mano aferró mi miembro para medir su tamaño y sus labios besaron el glande y vi el cielo. Sin pensar en lo que hacía cogí su cabeza y le introduje toda la polla entre los labios, incapaz de soportar que hiciera las cosas despacio. Pepo, sorprendido, tragó a fondo. Comprendió que yo no aguantaría mucho más y empezó a recorrer todo mi falo arriba y abajo, frenéticamente, ayudado por mis manos que guiaban el movimiento de su cabeza. Pronto mi verga quedó cubierta de su saliva. Pepo mamaba, mamaba, mamaba, y yo le ayudaba con arremetidas de la pelvis y sin dejar que se la sacara de la boca. Mi hermano tenía una cabida brutal, se comía todo mi falo, que mide unos 18 y es muy grueso, hasta la base, y aún podía regar con su saliva el principio de mis huevos en cada acometida. Yo, por mi parte, tenía los sentidos embotados. La mamada era cojonuda, pero lo que me ponía a mil era que me la hiciera él, que mi hermano pudiera cumplir una de sus fantasías de adolescencia, y, qué cojones, también yo.

Mi amante inesperado

Nos vemos en la calle. Lo reconozco. Me lo encontré una vez en la playa. Se metió entre las dunas y lo seguí y meó delante de mí. Y cuando acabó de mear empezó a sacudírsela hasta que se le puso dura. Pero apareció aquella familia y nos fuimos cada uno por nuestro lado. Pero es él. Y también me ha reconocido. Cruzo la calle. No deja de mirarme. Estoy cerca. Echa a caminar. Lo sigo. Andamos unas cuantas manzanas. No sé hacia donde se dirige. Quizá vayamos a su casa. Me excita la anticipación. Estoy muy excitado. Entra en un bar. Paso por delante y veo que está sacando tabaco. Espero. Se guarda el paquete y sale a la calle. Se roza conmigo, me pide perdón. Sigue su camino. Sigo sus pasos.
Dos manzanas más. Se mete en un centro comercial. Lo sigo de cerca. Subimos por las escaleras mecánicas. Tres pisos. Pienso que va a ir hacia los baños pero en lugar de eso se dirige hacia la sección de jardinería, que está desierta. Caminamos entre los estantes, entre macetas y fertilizantes. Detiene sus pasos. Me mira.
–Hola –dice.
–Hola –respondo.
–Tú eres el de la playa.
Asiento con la mirada. Entonces, sin mediar más palabras, nos besamos. Exploramos nuestras bocas, probamos nuestro sabor, entrelazamos las lenguas y nuestras manos exploran los músculos del otro. Es muy excitante hacerlo aquí mismo, aquí en medio, en los pasillos de jardinería del centro comercial. Nuestras bocas siguen fundidas. Noto su miembro contra el mío. Pego mi cuerpo más al suyo. Entonces, inesperadamente, resbala por mi cuerpo hasta quedar de rodillas y me desabrocha el botón de los pantalones. No me puedo creer que quiera hacerme esto aquí mismo, pero no hago nada por evitarlo. Me baja la cremallera. No llevo nada debajo y mi polla le da la bienvenida. Una de sus manos coge mis cojones y su boca prueba el sabor de mi verga enhiesta.
Empieza a mamar y yo echo la cabeza hacia atrás. Sus labios viajan arriba y abajo, mi polla aparece y desaparece, su mano acaricia mis cojones. Su boca es de una suavidad extrema, su saliva lubrica una mamada perfecta, sus ojos a veces buscan los míos, mi cuerpo vibra. El suyo tiembla de placer.
Juega con mi verga. La mira. Se golpea con ella. Me mira. Se la pone bajo la nariz. Le pasa la lengua por el tronco y se la introduce en la boca y disfruta de su solidez. Vuelve a jugar. Vuelve a mamar. Rueda la saliva. Tengo empapados los cojones. La come tan bien que pierdo el sentido. Cierro los ojos. Suelto un gemido. É́l acelera el movimiento y yo me limito a gozar. Pongo todos mis sentidos en su boca y en las sensaciones que me provoca. Abro los ojos y veo los del dependiente de la sección de jardinería, que me miran.
Está al fondo del pasillo, a escasos cinco metros de donde nosotros estamos. Le veo la sorpresa tiñendo su rostro. Mira hacia ambos lados. Parece que no se acerca nadie más. Nos observa. Tendrá unos cuarenta. Es fornido. Nos observa y parece fascinado.
Mi amante inesperado descubre que algo pasa, sigue mi mirada y al ver al dependiente le hace un gesto con la mano para que se acerque. El dependiente no se lo piensa dos veces, y mientras da los pasos que lo traen hasta nosotros se saca un vergajo enorme bajo el cual cuelgan unos cojones formidables y llenos de vello rizado y negro. Mi amante nos coloca juntos. Prueba la verga del dependiente, que aún está morcillona y, poco a poco la hace crecer dentro de su boca.
Cuando el dependiente se pone del todo berraco mi amante inesperado me hace acercar mi polla a la suya y les hace sitio a ambas. Le
meto mano al dependiente, le agarro el culo y él se pega a mí mientras mi amante inesperado se come nuestras dos vergas a la vez, atiborrándose de polla. Cojo a mi amante inesperado por el pelo y le clavo el vergajo hasta el fondo; al retirarme el dependiente le mete el suyo y comenzamos a follarnos su boca acompasadamente. Mi amante inesperado pone los ojos en blanco, se deshace de gusto. Le damos polla, le obligamos a tragar, y él disfruta como un condenado. Se come la mía mientras pajea la del dependiente junto a su cara. Ahora pasa a la de él. Encierra su glande entre los labios y se deja follar la boca mientras me acaricia los cojones. Vuelve a la mía. Se la traga entera. Me hace un traje de saliva. Luego nos pajea a ambos mientras saborea nuestros glandes. Restriega la cara contra nuestros falos, coloca la frente bajo nuestros cojones. Se vuelve loco con nuestras varas. Junta nuestros falos y mama uno y otro, uno y otro, uno y otro. Me come los huevos mientras el dependiente le arrea pollazos en la cabeza, se la pega en la oreja, le llena la frente de su propia saliva. Nuestros miembros brillan, mojados.
Nos coloca uno frente al otro, junta nuestros falos por los troncos, cojones contra cojones, y nos pajea, con la lengua dispuesta a recibir lechadas. Suelta saliva sobre nuestros glandes, masturba nuestras pollas juntas, una contra la otra, y acelera el movimiento. El dependiente se agita para propiciar la corrida. Le aprieto los pezones por encima del uniforme del centro comercial. Se agita más. Se va a correr. La boca de mi amante inesperado baja sobre nuestros glandes, su lengua nos rocía de saliva, mama las dos vergas a la vez. Yo también estoy a punto de correrme. Me quiero correr a la vez que el dependiente. Agarro la cabeza de mi amante inesperado, me lo follo, me follo su boca dispuesta a recibir trallazos de leche. Nuestras vergas están juntas. Nos follamos su boca entre los dos. Mi amante inesperado se ahoga de polla. Estoy a punto de correrme. Lo siento. Lo noto. Me viene, me viene, me vieneeeeeeee.
El dependiente se retuerce. Se corre. Nos corremos. El semen sale a borbotones. Noto el calor de mi leche y el calor del esperma del dependiente sobre nuestras vergas mientras seguimos descargando dentro de la boca de mi amante inesperado. Sigue mamando. El semen se le escapa de la boca, nos rueda verga abajo hasta los huevos. Sigue mamando. Sigue mamando. Sigue mamando...



La herencia

Hacía solo dos diás que habíamos enterrado a mi padre y ni yo ni mamá nos sentíamos con fuerzas para afrontar la lectura del testamento, pero mis tres hermanas vivían cada cual más lejos que la anterior y no estaban dispuestas a gastarse más dinero en aviones. (Mis padres eran ricos pero nosotros hasta la fecha estábamos lejos de serlo).
Mamá vestía de luto riguroso, yo iba bastante oscuro y las otras tres consideraban ya bastante triste perder a un padre como para disfrazarse de plañideras en pleno Agosto. Aparte del albacea testamentario de papá había otro desconocido en la sala, un tipo alto y fornido, con gafas de sol y pinta de actor de películas de guerra. Pensé que sería una suerte de testigo.
Las últimas voluntades de papá fueron las esperadas, si exceptuamos la ultimísima: Las cinco casas se las quedaba mamá y ella sería quien decidiera si las repartía entre sus hijas e hijo o las vendía y se iba a disfrutar de su vejez al Caribe. Los coches, las motos y el velero serían vendidos y el dinero se repartiría entre los hijos. Las fincas de naranjos seguían dando beneficios y sería el propio albacea quien se quedara a cargo de ellas. Cuando el albacea falleciera volverían a la familia. Las obras de arte podíamos venderlas y repartir entre todos, lo cual era la mejor parte porque papá tenía una colección valorada en cerca de 400 millones de euros. Nunca habíamos pasado hambre y con un poco de cuidado no pasaríamos hambre por el resto de nuestras vidas.
–Y ya solo queda el local de ambiente –dijo el albacea.
Mis hermanas se miraron entre sí, yo miré a mi madre, mi madre miró al suelo, yo miré a mis hermanas, la mayor miró al albacea, y el albacea se explicó:
–Vuestro padre regentaba un local gay en el puerto. Es un negocio próspero. Quiso dejármelo a mí, puesto que he sido en realidad su pareja los últimos veinte años, pero yo no lo quiero y así se lo hice saber. Bastante mal lo he pasado todos estos años esperándolo en casa hasta las tantas. Así que le convencí de que se lo dejara a su hijo, ya que es el único descendiente varón y en su local no se permite la entrada a las féminas, lo cual siempre he considerado de muy mal gusto, pero así era vuestro padre y esposo. Tu padre, Fernando, te da en su testamento la opción de pasarle el negocio a Pedro, su mano derecha en el local, pero como se lo dejes a Pedro te juro que tendrás en mí un enemigo de por vida. Es más, me gustaría que cuando te posesiones del negocio despidas ipso facto al tal Pedro. Y si lo tiras a patadas mejor que mejor.
–¿Papá era gay? –preguntó Carla, la hermana mediana.
Mamá seguía mirando al suelo. Entonces el albacea dio por terminada la lectura del testamento y todos nos pusimos en pie, incómodos. Y el tipo fortachón de las gafas de sol nos dio el pésame y luego se presentó como la pareja de mamá, desde hacía también veinte años.
Cuando todos se hubieron marchado yo me quedé con Adrián, el albacea y novio viudo de papá, para hablar sobre el último punto del testamento.
–Comprenderé que no quieras regentar un local gay si no eres gay –dijo Adrián–, pero podrías verlo como un negocio más, y contratar gente que sepa llevarlo.
–No tengo muy claro que no sea gay, la verdad.
–¿Alguna vez te has tirado a un hombre?
–Alguna...
–Ah... entonces quédate con el local.
–Creo que lo haré. Bueno... Entonces, has sido el novio de papá desde que yo era un crío.
–Desde que tenías tres años, sí.
–No te había visto nunca...
–Tu madre lo consideraba un degenerado y no quería que lo supierais.
–No parece que le haya hecho mucha gracia que lo sacaras del armario ahora.
–Bueno, ahora ya está muerto. Se lo debía.
–¿Lo querías?
–Más que a mi vida.
Me quedé mirando a aquel desconocido que había compartido tantos años con mi padre (por lo visto, otro gran desconocido) y sentí una mezcla de simpatía y compasión por él.
–¿Te lo recuerdo?
–Muchísimo. Era casi igual que tú cuando nos conocimos.
–Solo te has quedado con lo naranjos.
–No necesito nada más.
–¿Aceptarías un regalo de su hijo varón?
–¿Estamos hablando de dinero?
–No. Estamos hablando de esto –y me pasé la mano por el bulto del pantalón.
Adrián abrió mucho los ojos.
–¿Hablas en serio?
–Toca –ofrecí.
Adrián posó una mano en mi entrepierna. Solo de hacerle tal ofrecimiento mi verga se había puesto como una piedra.
–Vaya... Espera, cerraré la puerta.
–Aquí te espero.
Mientras Adrián echaba la llave me desabroché el cinturón.
–¿Me creerías si te digo que he soñado con esto esta noche? –me dijo cuando volvía.
–Para mí, en cambio, ha sido toda una sorpresa.
Me desabotoné el pantalón y bajé la cremallera. Adrián no se perdía detalle.
–¿En qué consiste el regalo? –preguntó, ansioso.
–¿En qué quieres que consista?
–Me conformo con lo que sea.
–Pide.
–¿Besas?
Por toda respuesta puse las dos manos sobre su mejillas cubiertas de una barba casi blanca y le di un beso lento en los labios que lo hizo estremecer.
–Besas como él.
–Lo llevo en los genes.
–Esto es morboso.
Volví a besarlo para que dejara de pensar.
Mientras lo morreaba Adrián empezó a desvestirse, como si le hubiera entrado la prisa, no fuera yo a cambiar de opinión.
–Tranquilo –le dije. –No me voy a ninguna parte.
–Es que me molesta –se refería a la ropa. –Quiero sentirte.
Cuando dejó a la vista su pecho velludo se me hizo la boca agua. Mis dedos se pusieron a jugar con sus tetillas mientras le lamía los labios y le restregaba la polla, todavía escondida, contra lo que notaba como un endemoniado cipotón.
–Parece que estás bien servido, Adrián.
–A tu padre le encantaba comérmela.
–No me extraña lo más mínimo.
Le ayudé a deshacerse del pantalón, me puse de rodillas y pegué la cara a su boxer. Sentí su descomunal miembro latiendo en mi cara y sonreí. Adrián me miraba desde arriba con pinta de no creérselo todavía.
Le bajé el boxer y el olor de su vergajo me llenó las fosas nasales. Era un miembro espléndido, la cosa más grande y bien hecha que había visto en mi vida.
–No me extraña que sedujeras a papá. Con esto podrías haberte llevado a cualquiera de calle.
–Me halagas, Fernán. Pero nos enamoramos mucho antes de acostarnos.
–Se llevaría una grata sorpresa –y tirando de aquel mástil hacia abajo abrí la boca todo lo que pude y le chupé parte de la cabezota y adonde pude llegar, que fue poco más. Adrián se sacudió de gusto. Era una sensación extraña tener algo tan inmenso en la boca. Siempre había soñado con comerme un pollón descomunal y la verdad es que mamar aquello me estaba llevando al éxtasis total. Pensé que todo el mundo debería tener la oportunidad de mamar una verga monstruosa y rezumante como esa al menos una vez en su vida. Y digo rezumante porque en cuanto le di un par de chupadas bien dadas, escanciando abundante saliva, el vergajo de Adrián empezó a soltar literalmente chorros de precum sobre mi ávida lengua.
Me asusté un poco cuando Adrián me cogió la cabeza y empezó a ensartarme con su impío falo pero conforme aquel engendro se hacía
paso hacia mi garganta fui capaz de hacerle sitio de alguna inexplicable manera. Poco después Adrián me follaba la boca a toda velocidad y chorros de mi saliva y su precum caían sobre la alfombra.

–¡Dios santo, Fernán, qué boca tienes!
Parpadeé para que supiera que agradecía el elogio.
Poco después me encontré no sé cómo recostado sobre la mesa mientras la experta boca de Adrián me comía el ojete a dos carrillos y me pajeaba a la vez. La experiencia estaba siendo tan sublime que no podía hablar, me limitaba a jadear incoherencias. Sabía que Adrián me estaba preparando el orto para meterme aquella cosa imposible hasta el fondo y estaba seguro de que no lo soportaría, pero sus profundas lamidas me hacían convulsionar de placer y estaba dispuesto a dejar que me rompiera con tal de que no parara.
Cuando dejó de comerme el culo y recostó su pecho en mi espalda supe que había llegado mi hora. Sentí su glande a las puertas y traté de relajarme lo máximo posible. Pero de pronto lo importante no era su pollón sino su respiración en mi oreja, su cuerpo cubriéndome, el contacto de su piel sobre mi piel, y casi sin darme cuenta el monstruo había traspasado el umbral y Adrián me daba por culo con la mayor suavidad y de una forma exquisita. Y despertaba oleadas de placer por todo mi cuerpo como jamás creí que fuera posible. No sólo no me dolía, sino que desde entonces todas las demás pollas que me follaron se me quedaron pequeñas.

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