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sábado, 17 de septiembre de 2011

Rioska


La nave se deslizó por el raíl gravitatorio de lanzamiento y salió despedida al espacio a velocidad hiperlumínica, mientras la hija de Bral se comía lo que para aquella gente era el equivalente a un yogur de fresa y le decía adiós con la mano.
- La echaré de menos -le dijo Bral a su acompañante. -Cuando vuelva a verla será toda una mujer. Quizá hasta tenga hijos.
La masa informe que ocupaba el otro asiento esperó a la traducción y entonces hizo un ruido desagradable que el ordenador de a bordo no tardó en convertir en palabras con sentido para Bral.
- Por lo menos vuestro ciclo reproductor es lento -no hubo acabado de decirlo y el ser se dividió en dos, desparramándose por ambos lados del asiento. - Y placentero.
- Anda, abróchate… abrochaos los cinturones. He instalado campos de fuerza para que no me llenéis la nave de caldos.
- Qué atento.
- ¿Sabéis? Lo que peor llevo de este viaje es que voy a perder diez años de mi vida solo por probar una teoría. En qué mala hora accedí a apuntarme al proyecto.
- Siento haberte metido en esto -dijo la masa número uno.
La dos se tiró un pedo.
- Espero que las cámaras de éxtasis sean blandas y confortables -soñó Bral.
- Yo espero que no tengan agujeros.
El primer ser blandiforme volvió a dividirse en dos. El segundo se tiró otro pedo.
Bral miró hacia las estrellas y pensó:
"Menudo viajecito me espera".
. . .
Lejos, muy lejos de allí, si uno iba en una camioneta, pero a un tiro de piedra si viajaba en una nave hiperlumínica, un muchacho miraba por la ventana. La ausencia de nubes y la luna nueva le permitían contemplar como pocas noches el curioso firmamento. Firmamento. Por primera vez comprendió el porqué de aquel nombre. Las constelaciones parecían firmas de médicos.
- ¡Jonathan, la cena está servida!
- ¡Ya voy, papá!
Jonathan cerró la ventana. Después de cenar volvería a asomarse al firmamento en busca de respuestas. O de consejo.
Tenía que decidir donde iba a enterrar a su novia.


En otro lugar, éste realmente lejos de verdad, Rakateketel rellenaba formularios. No le gustaba su trabajo, pero si uno era un Kasuanar nacido en Randokekosia tenía que aceptar el trabajo que le impusiera el administrador local.
- Raka.
- Roke…
- Pareces desmotivado. ¿Qué te pasa?
- Me duelen los sronnkers de tanto rellenar formularios. Estoy hasta los rokysifridis de este trabajo.
- Que no te oiga el administrador. Podría ponerte en cuarentena o lanzarte al espacio.
- Cualquier sitio será mejor que este snurkipioko de srugines.
Rakateketel no tenía ni idea, pero el administrador estaba a su espalda y sonreía maliciosamente torciendo la rioska.